Nacemos sabiendo amar. Amamos con fascinación a los animales, amamos a las plantas y a nuestros semejantes. Pero pasamos la dura prueba de crecer y envejecer olvidando a veces quiénes somos y qué hemos venido a hacer a este lugar que llamamos “mundo”.

A menudo encuentro personas que se hacen la misma pregunta “¿cuál es el sentido de la vida?“. Es una pregunta valiente porque formulársela es asumir el riesgo de no obtener respuesta. Pero vivir sin plantar cara a las propias preguntas es dejarnos morir un poco cada día.

Cuando elegimos amar, a pesar de todo, estamos entendiendo que no hay nada que temer. Porque cada momento que vivimos en esta encarnación, estamos siendo canales de la energía. Esa energía está continuamente transformándose a través de nosotros porque estamos siendo vividos por la vida con plenitud.

Hay quienes prefieren creer que las casualidades existen y en su mente existe el origen a todas las situaciones que se le plantean. Que él o ella son, en definitiva, el primer motor de esa energía que llamamos amor. Pero la escucha atenta puede ayudarnos a ver que es en la desconexión con la Tierra donde habita el origen de muchas de las enfermedades que nos aquejan.

Es fácil aprender a amar a nuestros semejantes, pero qué hay de amar más allá de las formas y del lenguaje, cómo sería descubrir que en realidad, estás aquí para amar la Tierra. Como si a través de todas las personas y situaciones que vives y amas, estuvieras conectando en realidad con el equilibrio necesario de la madre Tierra. Pues no existe diferencia entre curar las heridas de la Tierra y las propias.

Cuando por fin en la mente se hace el silencio y nuestros sentidos nos permiten abrirnos al milagro de la vida nos damos cuenta de que en cada paso que damos estamos buscando refugio en la Tierra.

Si sigues leyendo, inspira y relájate, has llegado y estás en casa. El mensaje más claro que tengo para ti es este: Estás aquí y estás a salvo. Ama y ábrete a la vida. La Tierra está aquí y con tu amor, te ama.