Sobre la melancolía del sí-mismo.

Cuando Odiseo quedó atrapado en la cueva del más temible de entre los cíclopes, Polifemo, hijo de Poseidón, utilizó un nombre falso para poder escapar. Se hizo llamar “Nadie”, y el gigante, inundado de ira, fue incapaz de pedir auxilio cuando Odiseo huyó dejándolo herido del ojo.

Julio Verne conocía el mito de “Odiseo y Polifemo” y se inspiró en él para dar nombre al Capitán Nemo (Nadie, en latín), protagonista de “Vingt mille lieues sous les mers” (Veinte mil leguas de viaje submarino). Como ya lo hizo Odiseo, el Capitán Nemo (Nadie), sale al mundo a viajar obsesionado por la más alta pregunta que acecha al hombre: “¿quién soy yo, en realidad?”. Pero para el mundo que palpita en la superficie Nemo-Nadie es invisible a todos.

Igual que Nemo y Odiseo, caminan buscadores infatigables por las calles de todos los pueblos y ciudades. Donde el ajetreo los vuelve hombres y mujeres invisibles. Mientras a su alrededor se discuten abiertamente todos los males de la sociedad, decenas de “Nadies” inventan sonrisas imposibles entre pensamientos interminables. Intercambian miradas con otros Nadies con discreción y no sin fatiga se prometen a sí mismos cielos más abiertos mañana.

Yo también soy Nadie. Y en la melancolía encuentro a veces la inspiración del Ser para entrar en contacto con el núcleo del sí-mismo. Y discurro por los paisajes de la vida en silencio porque es así como mejor se observa esa suave flexión de la Luz.

Declararse uno mismo “Nadie” es como decir que no hay diferencia entre tú y yo. E igual que la alegría, la melancolía opera en todo individuo y nos habla del desarrollo del ser en los niveles físico, mental y espiritual. Vivimos los momentos felices de la vida con fruición, ¿por qué no íbamos a dedicar la misma respetuosa escucha a las sombras del alma?

Sáucha y Santosa (en sánscrito, salud física y felicidad de la mente) alimentan el alma del deseo de seguir viviendo en el mundo, mientras Tapas, Svadhyaya e Isvara Pranidhana, el deseo ardiente del desarrollo espiritual, el estudio del sí-mismo y la entrega a Dios, nos permiten alcanzar la libertad del “yo”, y una disociación completa respecto del vehículo del alma (el cuerpo y la vida material).

En el yoga, también uno puede elegir el camino de la observación de las emociones bajas para trascenderlas. La esencia es la misma. Permanece en el lugar en el que estás, mira la esencia, y no te dejes engañar por las formas que adopta la materia. Tu práctica de yoga, fuera de la esterilla, es la de ahondar en la esencia a fin de extraer de ella el néctar de la verdad espiritual.